jueves, 12 de octubre de 2017

Yo, Severiano Díaz

Soy un hombre más bien sombrío. Silencioso. Solitario aún en compañía. Soy un místico sin dioses. Un arriesgado pescador desde la orilla. Un osado nadador de aguas tranquilas. Un narcisista escaso de autoestima.
Tengo, eso si, la tenacidad del caballo del lechero y su misma predilección por la rutina. Habita en mi el defecto y la virtud de ser constante. Suelo abordar con la firmeza del acero, empresas imposibles cuya finalidad es, por lo menos imprecisa, cuando no improductiva. Prefiero estar al servicio que servirme y que me sirvan. Me perturban los cambios repentinos, la incertidumbre de lo nuevo. Me detiene la necesidad de los paisajes conocidos. El vértigo que siento al asomarme a la ventana. La comodidad y el miedo me conservan incompleto. Pese a la soledad a la que me condujo mi ánimo rocoso, mantengo una  hostilidad perseverante que me vuelve cada día más lejano. Sostengo una actitud distante y esquiva. Más o menos espinada. Misteriosa. No obstante, nadie puede dudar de que siempre voy a estar si me precisan, ni tampoco alegrarse demasiado. Mis ambiciones son modestas al igual que mi intelecto. No me interesan el dinero ni las posesiones materiales. Me conformo con ganar lo suficiente trabajando en lo que me gusta, para vivir y comer, cada tanto, un asado con mis hijos. Ir perdiendo la salud lo más lentamente posible, y prevenirme la ceguera para ver, algún día, la cara de mis nietos.
Prefiero la tranquilidad al alboroto. El silencio de mi casa que no es mía. Las sombras de la noche a la claridad de la mañana. El otoño cayendo de los árboles. La llovizna que oculta todo levemente y me evita el riego de las plantas. El blues de fondo. La lectura. Me gusta escribir, maquillar ideas con palabras. La talla y la escultura que me permiten descubrir las formas que oculta la madera. El futbol para todos y la angustia que me invade cuando juega Racing. Esa mezcla de agitación y pesadumbre que me obliga a fumar más de la cuenta.
Disfruto de la lentitud de los domingos hasta que las siete de la tarde los  vuelven apremiantes. Del olor a mujer que queda entre las sábanas, cuando la suerte me acompaña. Del olvido selectivo que me preserva de recuerdos indeseables. De los recuerdos indeseables.
Me conmueve la cara de mis alumnos cuando los visita la alegría y sus logros cotidianos. Me emociona el crecimiento de mis hijos que derivó en estos hombres creativos y felices que hoy me enorgullecen. Pero en ninguno de los casos me adjudico influencias. No tengo más mérito que el de mostrarles conmigo mismo la foto en negativo. La comprobación por el absurdo del teorema. El camino contrario para que puedan encontrar el verdadero.
La felicidad me abandonó hace ya algún tiempo y dejó en su lugar esporádicas alegrías subalternas. Entusiasmos extranjeros. Vivo dentro de una insatisfacción que me muestra siempre la mitad vacía del vaso y que me satisface por completo. Pese a todo lo bueno que me pasa, mi vida es incompleta. Previsible; pero austera. Vacilante; aunque empedrada. Perseverante, sigo atrapado en una nostalgia inconsistente. En la añoranza de venturas que quizás nunca existieron. De dichas engañosas confundidas en la inexactitud de los recuerdos. Instalado para siempre en la trampa del ¿Quién sabe? En el fraude mental del ¿Cómo hubiera sido? A merced de vientos torpes que equivocan mi camino. De ángeles cobardes que me sobrevuelan muriéndose de risa, que se burlan de mi inercia.
Cada vez con más frecuencia compruebo que no encajo bien en ningún lado. Me resulta muy difícil relacionarme con la gente y casi ninguna compañía me resulta edificante. La aridez de mi espíritu me instaló en una soledad precoz que se parece mucho al desamparo, al desconsuelo. A mi último amigo lo perdí hace más de diez años y las espinas que emergen de mi piel endurecida me ponen a resguardo de cercanías indeseables; pero también de proximidades auspiciosas.
Me molesta el pensamiento de vuelo gallináceo. La obsecuencia. La aceptación sin riesgos que la estupidez le impone a los sucesos. La inteligencia a merced de la pereza. La incompetencia en el que manda y la arrogancia del indocto. Los que no asoman la cabeza para ver que hay detrás del árbol que los tapa. Los miedosos que piden permiso para todo. Los juegos previos a las reuniones importantes y las reuniones importantes. Los discursos voluptuosos de los listos y cordiales que no pueden evitar sus colas zorriles saliendo por debajo de su ropa. El tiempo que se pierde hablando de cambios y mejoras que no pueden llevarse a cabo porque no hay tiempo suficiente para hacerlas. Entonces salteo casilleros y no puedo evitar el exabrupto. La nota discordante. La palabra sin embozos que me garantiza los reproches de los prolijos y sociables relegándome al silencio. A las miradas de costado. A los oídos que se cierran. Al fastidio general; aunque no a la indiferencia.
Las mujeres siempre me parecieron seres imposibles. La mejor forma que encontró dios (si es que existe) para pedirle, a los hombres, perdón por sus pecados. Habitantes sutiles de un mundo paralelo que me veda las entradas y del que yo, en todo caso, debo sacarlas sin saber bien de qué manera. Aún hoy no puedo estar cerca de ellas sin sentirme miserable. Un ser sin alma que repta a su lado comiendo las migajas. Mis relaciones de pareja han sido, más bien, antídotos contra la soledad que amores verdaderos. Embrujos breves de momentos perentorios. Fantasías compartidas y coloquios solitarios. Sólo con la mamá de mis hijos hubo un tiempo que fue hermoso con su correspondiente final con hecatombe. Antes y después sólo formas imprecisas llenando los vacíos, pareciendo más que siendo que se esfumaron en la calma de la ausencia más indiferente. Ayunas de amor, se desvanecieron en la nada sin congoja. Salvo ambas María Laura, claro, que aún me duelen. Creo que no sé querer como se debe. Que comprendo al revés los acertijos. Que no distingo las señales. Que despliego una estrategia perversa que me hace ser más necesitado que amado. Soy la pata que le falta a la mesa que se cae, el eje que une las ruedas de carretas que no avanzan. No obstante, me subyuga su belleza, su perfume. La delicadeza con la que le corren el velo al universo y lo vuelven un sitio favorable. Pero, sobre todo, amo su belleza cuando trae adosada, también, inteligencia. Pero si llegara a conocer a una mujer que poseyera estas virtudes, y si ella llegara a aceptar una segunda cita conmigo, empezaría a dudar de su inteligencia. Aún así, sigo buscando a mi manera. Encontrando. También necesito del amor y otros sustentos.
Últimamente me cuesta reconocerme en los espejos. Descifrar el significado exacto de las arrugas de mi rostro, de estas canas que me acercan a la muerte. Comprendí, recién ahora, que nunca se termina de aprender, y que si así no fuera, tampoco importa mucho. Que nunca nada es cierto, y que la experiencia de los años no es más que una alegoría complaciente y embustera, un torpe intento de la muerte por justificar y suavizar su impiadoso acecho sin urgencia.   
Dentro mio suenan las alarmas de un atisbo incomprensible. Algo como un rumor de miedo. Como un acecho que amenaza desbordarse. Como un péndulo que oscila entre el monstruo y la desidia. Como la cola de entornado que se acerca o que se aleja. Como un sobresalto de temblor en pleno sueño. Por eso necesito estar alerta. Prestarle más oídos al  rugir de mis entrañas. A los contornos del abismo. A los abismos sin retorno. Aún así, por momentos me supongo suficiente. A salvo de caer en esa lejanía absoluta que implica la locura. Esa ausencia sin tiempo que trastoca los confines y que mutila lo posible. Que vuelve ajenos los entornos y los eclipsa de sustancia.
El mundo quizás sea una rueda y la vida en él tenga un propósito que no comprendo. Quizás sea una pequeña luz que por un momento nos alumbra aunque revele formas grotescas y difusas. Tal vez sea una selva con fieras disputándose la subsistencia. Una rutina de caimanes. Darwin y Dios lo siguen discutiendo. O, a lo mejor, sea sólo imágenes mentales de un cerebro sin escrúpulos. Un presidio perdido en el cosmos donde se cumplen condenas por culpas pasadas e imprecisas. El borrador de un mundo bueno rescatado del tacho de basura.
  Mientras tanto yo. Acá yo, Severiano Díaz, existiendo.


lunes, 25 de septiembre de 2017

Por favor, me matarías...

Carla vivía con sus padres en la última casa de una calle de tierra que termina en un bosque de fresnos detrás del cual comienza el lago. Era la hija única de un matrimonio tradicional donde reinaban el miedo, la distancia y un conveniente silencio debajo del cual se presuponía una felicidad que no existía; en el que callarse y no decir, preferir mirar sin ver era la forma que habían encontrado para hacer de cuenta de que todo funcionaba. De esconder las miserias debajo de la alfombra. Apoyados en el supuesto falso de que lo único que una familia necesita es un techo y platos llenos de comida daban por cumplidos los requisitos de la dicha y Carla fue creciendo en un ámbito donde ninguno escuchaba al otro ni lo miraba con atención. Donde nadie se preocupaba por lo que le pasaba realmente.
Antes de su primer aniversario de casados la pareja era una unión sin esperanzas y ambos se habían aburrido de la convivencia, del otro y de sí mismos. Sabían que su matrimonio no iba a ser más de lo que había sido hasta entonces; pero no les importaba porque la niña eclipsaba con sus inocencias las angustias propias y el resentimiento compartido que comenzaba a generarse.
El padre era un hombre duro. Un campesino que había llegado al pueblo hacía más veinte años con una valija de madera y modestos sueños de prosperidad, para trabajar en la fábrica de neumáticos de la provincia, huyendo de un futuro severo y hostil que, en el campo, lo esperaba a la vuelta de la esquina. Pese a que era parco y llano, se las había arreglado para conocer a su futura esposa un sábado de fiesta en la plaza principal, con baile y fuegos de artificio. Vio a Clara llegar a la fiesta de la mano de su madre. Llevaba un vestido que alguna vez fue azul y zapatos nuevos. El pelo negro le caía sin gracia sobre los hombros diminutos. En su rostro se adivinaba la encrucijada de la niña convirtiéndose en mujer. Se enamoró de sus mejillas. De sus ojos que admiraban la sorpresa de esa fiesta sin euforia.
Clara era la hija sumisa de un comerciante del pueblo. Como su padre no confiaba en sus posibilidades intelectuales, después de haber terminado la primaria la inscribió en un curso de corte y confección, por considerar lo más apropiado para una mujer que sólo iba a dedicarse a ser esposa y madre, y haría la ropa para toda la familia. En la fiesta, soportó el acoso de Raúl hasta último momento y recién aceptó bailar con él las dos últimas chacareras de la noche, justo cuando su madre comenzaba a recoger los abrigos que habían colgado de los respaldos de las sillas.
 A día siguiente él la buscó a la salida de la misa y conversaron un momento en la puerta de la panadería a la que la madre de Clara había entrado a comprar sus tortas fritas. Un año después Raúl entró a su casa y pidió su mano formalmente durante una cena con mantel blanco y candelabros de bronce de tres velas y dos años más tarde se casaron por iglesia.
Los primeros años de casados transcurrieron dentro de una somnolencia, de un letargo que rápidamente volvió todo previsible. La pasión había pasado fugazmente por su cama sin matices y sólo les quedaban los efímeros encuentros para cumplir con el mandato de la procreación. A Clara la maternidad la asustaba y el parto le producía tanto terror que, cada mes lloraba de tristeza antes de que le llegara la menstruación, y de alegría cuando le venía. Nunca creía estar lista para el enorme cometido de ser madre y no estaba segura de amar a su marido. Pero un poco porque Raúl la atosigaba y otro poco porque pensaba que un hijo podría darle a la pareja algo de unidad, luego de muchos años de casados; por fin nació a Carla. No estaba tan errada, la llegada de la niña trajo cierto bienestar a aquella familia sin tonalidades y por unos años sacó a la luz la mejor parte de los dos. Sus costados más amables. Una leve ilusión de placidez que hacía más llevadero el tedio y la distancia.
La niñez de Carla fue tranquila y rigurosa; pero bastante feliz. Era la niña de la casa y cada uno por separado, los padres, la colmaron de regalos y de mimos. Pero a medida que fue creciendo, se fue revelando en ella una personalidad indócil y turbulenta que les resultaba difícil controlar sin caer en la violencia o recurrir al oscuro misterio de un Dios indiscreto y vengativo a quien debía rendirle cuentas cada domingo de misas en la iglesia. Cuando entró a la secundaria debía viajar dos horas cada día y sólo estaban juntos los tres a la hora de la cena y los fines de semana. Carla pasaba en la escuela todo el día y cuando se levantaba a la mañana, su padre ya había salido para el trabajo. Él llegaba de trabajar apenas entrada la noche, se sentaba en el sillón a entrever una televisión de blanco y negro y tomaba una cerveza mientras Carla hacía que hacía la tarea y Clara preparaba la comida. Luego se sentaban a la mesa y los tres, tomados de la mano, le agradecían a su Dios propio por los alimentos que iban a comer. Hasta que ella tuvo trece años iban juntos a la iglesia los domingos; pero pronto Carla descubrió la hipocresía de las misas y el matrimonio comenzó a ir sólo. Ya no eran felices; pero ninguno de los dos había pagado, todavía, sus pecados y la niña aún no los había cometido. Todos en la fábrica sabían que Raúl tenía una amante a quien veía dos o tres veces por semana y las vecinas varias veces habían visto entrar a la casa a un caballero alto y rubio cuando la niña se iba a la escuela. Sin embargo los domingos en la iglesia se veían extasiados al escuchar los sermones del cura. Fieles y devotos a una religión que no les preguntaba nada, siempre y cuando siguieran aportando sus limosnas habituales y ayudando en las kermeses.
La casa familiar era la última de la cuadra, en una calle de tierra con pasto bien cortado en las veredas y una zanja poco profunda en la que se almacenaba el agua de lluvia, a un kilómetro del lago. Tenía un jardín con un naranjo y dos hileras de magnolias indicado el camino hacia la entrada. Se entraba  por una puerta de dos hojas con banderola y ventiluces; pero por un capricho arquitectónico de los dueños anteriores, todos los cuartos tenían también una puerta que daba al jardín. Mientras Carla fue una niña, la puerta de su cuarto no representaba nada para ella; pero aún así el padre, para desalentar cualquier posterior iniciativa perniciosa, había montado sobre ella unos estantes de madera para que la pequeña colocara sus muñecas. Pero cuando cumplió los quince años todo cambió. Se sentía ahogada dentro de la implacabilidad de su familia y la puerta pasó a ser una posibilidad y una ilusión. Una alternativa para gastar por adelantado algunas de las aventuras que le tenía reservadas la juventud. Como sólo el padre tenía la llave, se desvelaba pensando cómo conseguirla hasta que una noche de año nuevo en la casa, el padre dejó el llavero sobre la mesa en medio de la fiesta y ella sacó la llave en un descuido y al día siguiente hizo una copia. El primer problema estaba resuelto, tenía la llave de la puerta. Ahora tenía que vencerse a si misma. Superar ese miedo virginal que conllevan las primeras transgresiones. Animarse a abrir esa puerta detrás de la cual la esperaba un mundo de maravillas y sorpresas. Escaparse sin que sus padres lo notaran. 
Pasaron varios meses hasta que por fin una noche de verano se atrevió. Ya había cumplido los quince años; pero no era una chica feliz. Algo oscuro que había nacido dentro de ella en alguna tarde de su niñez apenas olvidada se estaba multiplicando y avanzaba por su mente. Necesitaba probarse a así misma y prepararse para tener la vida que había decidido que tendría. Estaba segura de que el escándalo de los ventiladores ocultaría el ruido de la cerradura. Esperó hasta la noche del sábado, pues sabía que era el día en que sus padres tenían relaciones y puso a prueba la eficacia de su plan. Presa de un gran pánico y con el mayor sigilo metió la llave en la cerradura, la giró tan lentamente como pudo y movió el picaporte sin respirar. Salió sólo unos minutos. Respiró con fuerza el aire seco de la calle, la libertad de madrugada que tenía el olor dulzón de las naranjas ya maduras y entró enseguida. Por un momento se olvidó de sus penurias, de la  insatisfacción que le provocaba la falsa moralina que sus padres intentaban que reinara en el hogar y que sólo fomentaba su insolencia. Cuando volvió y cerro la puerta, se tendió de espaldas en la cama y experimentó una sensación que se parecía bastante a la felicidad. A la libertad. A la primera satisfacción por logro propio. Le costó dormirse después de tanta excitación. Al día siguiente lo comprobó, había tenido éxito, sus padres no la habían escuchado.
Con el correr de los meses y los años salía de su casa tres o cuatro veces por semana. Primero eran vueltas manzana inocentes con sus amigas de la escuela y muy de vez en cuando con algún compañero. El tiempo la había convertido en una joven hermosa y supo pronto que nunca le faltarían pretendientes. Cuando las salidas perdieron la inocencia y se volvieron más largas, tenía la precaución de volver antes de que sus padres despertaran y se ponía el camisón encima de la ropa y esperaba despierta hasta que la madre fuera a despertarla. Entonces se metía de urgencia en el baño con el pelo, que ella  misma se desordenaba, tapándole la cara y se duchaba pare sacarse la noche y el rimel de sus ojos y se sentaba a desayunar sin remordimientos.
Pero todo cambió aquella mañana de septiembre cuando Carla no se levantó luego de los llamados de su madre. Sorprendida por la falta de respuesta, la mujer entró al cuarto y sólo vio la cama intacta vacía. La noche anterior Carla había llegado tarde luego del ensayo de la obra y se había ido a dormir sin cenar porque dijo estar muy cansada. La madre la había esperado como todos los jueves a la noche, porque sabía que los ensayos eran largos y tediosos y Carla llegaba a casa rendida y con hambre. Pero esa noche no quiso comer, se despidió de ella con un beso en la frente y se fue a acostar.
Alarmada, la mujer fue a buscar al marido al trabajo, y ambos fueron a la comisaría del pueblo donde un oficial semi dormido y gordinflón los escuchó tan atentamente como pudo. Pronto se puso en marcha un operativo para encontrarla. Los investigadores llegaron de otros pueblos vecinos y comenzaron la búsqueda en la casa y, en el cuarto de la joven. Debajo del colchón de su cama, encontraron su libreta verde. Era una especie de diario íntimo en el que se podían leer sus sueños y desvelos y también, en forma detallada, todos los romances que ella había tenido y que tenía con distintas personas y compañeros de la escuela, señalados con nombre y apellido. Detalles explícitos de sus encuentros sexuales contados sin alegorías y una puntillosa lista de las cosas que formaban su aflicción. Su lectura llenó de espanto y de furia a los padres; quienes, entre llantos, repetían avergonzados ante los policías, que no tenían idea de que su hija se comportara en esa forma. De manera que todos los mencionados en ese diario pasaron a ser sospechosos por su desaparición y, aunque entrevistar a cada uno pudiera llevar un tiempo importante que no tenían; para tranquilizar a los padres o para aumentar su oprobio, les dijeron que tal vez estuviera con alguna de ellas y que pronto volvería; no obstante lo cual iban a dar comienzo a la pesquisa.
Al día siguiente reunieron a sus compañeros y amigos más cercanos en un aula de la escuela. Al principio los chicos se mostraban reacios a colaborar. Atilio fue el más callado. Se mantuvo con la vista baja, tamborillando con sus dedos el pupitre de madera y sólo contestó con monosílabos. Estaba como ausente. Refugiado, tal vez, en un rincón de su cerebro que lo ponía a salvo de sí mismo. Era evidente que los chicos pensaban que iba a aparecer pronto y no querían contar todo lo que sabían de Carla para no dejarla en evidencia y mal parada. No parecían darle al asunto la importancia que tenía. Al fin y al cabo sólo habían pasado unas horas desde la desaparición y con esa frescura propia de la adolescencia, la tomaron como un juego, como otra travesura más de su compañera, que pronto se descubriría. No podían darle al asunto el dramatismo que tenía. Pero de a poco comenzaron a soltarse y se fue descubriendo una trama de noviazgos y misterios que sorprendió a los detectives y escandalizó más a los padres. Comenzaron a contar de la oscuridad, de la pena. De ese germen que crecía dentro de ella y intentaba ocultar sin éxito. Carla se quería poco. Se sentía opaca y sola. Estaba triste. Entonces creía que nadie la quería y trataba de conseguir el afecto acostándose con quien pudiera, sin importar si era hombre o mujer. Sabía cómo usar el sexo para conseguir la autoestima que no tenía aunque eso al final la destruyera. Para todos ella era la loquita, la chica fácil, la que; después de ser usada era desechada y ella sabía interpretar ese papel. Sus compañeros les dijeron a los investigadores que sabían que se escapaba por las noches por la puerta donde todavía estaban las muñecas. Que se iba de la casa mientras los padres dormían para tener sexo en el auto de cualquiera, para comprar afecto con su cuerpo. Se enteraron también que había salido con varios compañeros de su división y con otros de años mayores. Que había protagonizado muchos episodios escandalosos en el bar de la escuela cuando veía a algún exnovio con otra chica y también contaron que, desde hacía tres meses, mantenía una relación con un hombre mayor que nadie conocía, de quien obtenía dinero y drogas. Pero lo más sorprendente era que muchos de los chicos dijeron que habían recibido de Carla el inusual e insólito pedido de que la mataran. Carla estaba deprimida, sentía que su vida era un desastre y que no valía la pena. Sus calificaciones habían bajado en el último año, no había sido seleccionada para actuar en la obra de fin de año y tuvo que conformarse con ser la vestuarista y Atilio su último amor, su único amor, cansado de sus arrebatos, la había dejado por Alicia; la protagonista principal de la obra de fin de año. Casi todos los chicos que estaban en el aula ese día habían recibido ese pedido tan absurdo; pero, en realidad, lo contaban como si no fuera más que una de las tantas bromas que solía hacer Carla, y como una forma nueva que había encontrado para llamar la atención.
Luego de esas entrevistas, los investigadores se reunieron en la seccional para pasar en limpio toda la información que habían reunido y escribir así las primeras páginas del informe. Estaban desconcertados. La historia no tenía ni pies ni cabeza. Una chica deprimida de diecisiete años, con una vida un tanto disipada y promiscua, que se escapa por las noches de su casa cuando sus padres duermen, que le pide a sus amigos que la maten; llega una noche a su casa, se va a acostar y a la mañana siguiente desaparece sin dejar rastros. No tenía sentido. Recién a las tres de la mañana, luego de darle vueltas y vueltas al asunto, se fueron a dormir con la esperanza de que la mañana les traiga de regreso a Carla o alguna pista para conocer su paradero.
Mientras tanto los padres, en el aislado refugio de su casa, empezaban a desesperarse y lejos de apoyarse y sostenerse, eligieron el camino del reproche. Comenzaron a atacarse. Se recriminaban su blandura y su dureza a la hora de educarla y se abochornaban pensando en las repercusiones que habría en la iglesia cuando todo esto se supiera. Parecía preocuparles más la vergüenza, la oprobiosa mancha con la que quedaría ensuciado su apellido que la desaparición de Carla. Cayeron en la desesperanza y conforme pasaban los días sin noticias se sumían más en un mundo de recriminaciones sin salida. A diario iban a la seccional de policía para enterarse de los avances en la investigación y eran padres afligidos, golpeados, cada uno a su manera, en el  lugar que más les dolía.  
Una semana después de la desaparición; Rosario, la mejor amiga de Carla, se presentó frente a los detectives y les dijo que había escuchado que Roberto había visto a Carla la noche en que desapareció. Era una posibilidad nueva y sorpresiva. Rosario había sido de las más abiertas con respecto a la vida de Carla durante las entrevistas de la semana anterior y de Roberto no tenían noticias, no lo habían entrevistado y no parecía formar parte del círculo más íntimo de Carla. Todas las sospechas recaían en Atilio. Después de todo había sido el último novio oficial de Carla y a partir de ahí su relación se había vuelto difícil o por lo menos incierta. De todos modos fueron por Roberto. No les costó mucho encontrarlo. Era el empleado de un kiosco a la vuelta de la escuela. Cuando estuvieron frente a él se lo veía nervioso y asustado, pese a lo cual nunca negó haber visto a Carla aquella noche; pero sostuvo que no fue el último. Dijo que había ido a buscarla a su casa como tantas otras noches, a la hora en que se suponía que sus pares estarían dormidos; que ella había salido por la exclusiva puerta de su cuarto con su camisón rosado y había entrado en su auto, que habían fumado un cigarrillo y que se habían besado hasta que otro auto se detuvo detrás del suyo. Ambos lo reconocieron de inmediato, era el auto de Atilio. Al verlo ella se mostró sorprendida y le dijo que no pensó que se animara, le pidió disculpas, se bajó del auto y entró en el de Atilio. Después él se fue lleno de rabia y no volvió a verla.
Los detectives se miraron extrañados. Cada vez el caso se volvía más raro, más incomprensible. Después de girar trescientos sesenta grados, Atilio volvía otra vez a escena; pero esta vez con más preponderancia. Era el último novio oficial conocido de Carla y su novia actual la había desplazado del papel principal en la obra de fin de año. Había sido sospechoso; pero no hubo forma de inculparlo. No tenía motivos. Después de unos problemas inmediatos por la ruptura, habían conseguido apaciguarse y tenían una relación tranquila. No eran amigos; pero tampoco se odiaban como en un primer momento.
Por fin lo confrontaron con los dichos de Roberto y ya no tuvo escapatoria. Era el mediodía. El tiempo muerto entre el turno matutino y el vespertino. Lo llevaron a la seccional y después de un duro interrogatorio en el que lo negó hasta último momento, finalmente, poseído por una calma cruel que parecía haberse apoderado de él súbitamente, les dijo a los detectives que podía llevarlos hasta Carla. Dos detectives y él se subieron al único patrullero y siguieron sus indicaciones. Al principio manejaron a gran velocidad; pero el relato del muchacho, su voz pausada y clara, los obligó a ir más despacio para escuchar con más detalle. Para procesar cada palabra. Para reconocer en las inflexiones de su voz los padecimientos que habían vivido esos muchachos tan distintos; pero tan iguales. Durante el viaje de una hora, que terminó en la orilla opuesta del lago, él les contó que se habían amigado y que ya no había rencores entre ellos. Se conocían mucho y tenían absoluta confianza para contarse todos sus problemas. Una noche de junio después de los ensayos fueron al bar y cuando se despidieron en la puerta ella simplemente le había dicho:- Por favor ¿Me matarías? Él se rió ante semejante pedido y de forma irónica le había dicho que si, que con todo gusto. Unos días después y cada vez que se veían otra vez la misma pregunta y él se reía y le disparaba con el revolver de sus dedos. Con el tiempo la insistencia se hizo insoportable. No había ocasión en que ella no  hiciera la misma propuesta, que con esa mezcla de angustia y determinación que transmitían sus palabras, no le pidiera que la matara. Le contaba lo ingrata que era la vida para ella, que no tenía motivos para vivir; pero que no se animaba a suicidarse. Le decía que él era el único que lo podría hacer, que lo que tuvieron había sido tan fuerte que era él su única esperanza. Fue un trabajo de varios meses. Él al principio lo tomó como una broma. Se burló de ella y creyó que sólo era un recurso para volver a conseguir su amor y su atención, hasta que una noche, una semana atrás se encontraron afuera de su cuarto. Ella entonces fue muy cruda. La pena le entrecortaba las palabras y de sus ojos, que eran los más tristes que había visto, caían una lágrimas amargas. Hablaron durante varias horas y pese a que le parecía una locura y a que no quería verse involucrado en semejante hecho, le dijo que lo pensaría.
Esa noche no pude dormir. Su angustia se había metido en mi cuerpo y hasta podía sentir su mismo escalofrío. Ese dolor intenso anudando sus entrañas. Su piel era mi piel llenándose de espinas. Yo era quien más la conocía. No, no le pregunté los motivos. Sabía de su dolor; de esa pena en el alma que arrastraba quizás desde el vientre y no había podido transformar con el paso de los años sino para empeorarla. Era una pena legítima y fatal que le hacía ver la vida a través de nubarrones. ¿Si era para tanto? ¿Para preferir morir? No lo sé. ¿Quién soy yo para decirlo? Después de todo cada uno hace lo que puede. Lo cierto es que de alguna forma equilibrada y misteriosa, el destino me ponía en una encrucijada sin escapatoria. No podía matarla; pero si alguien podía hacerlo, ese era yo. ¿Quién era yo para matarla? ¿Quién era yo para no hacerlo si ella me lo estaba pidiendo? Después de todo no era cosa mía. Era ella la que decidía y yo tan solo un instrumento. Su alma en otro cuerpo arrebatándose a sí misma. Su mano despiadada sobre mi mano complaciente. Entonces estaba confundido. Las ideas se mezclaban en mi cerebro que explotaba. Por momentos me veía terminante. Pensaba que estaba loca y que tenía que mandarla a la mierda sin explicaciones. Sin matarla y dejarla en su congoja, en su agonía. Ver a la distancia como su dolor aumentaba cada día y fingir que no lo noto, que me es indiferente. Otras veces me sentía inseguro. Pensaba que era preferible liberarla del suplicio. Que debía cumplir con ella y con la culpa que me asaltaba inmediatamente después de que el gatillo. Esa desesperación y ese consuelo. Soñaba con volcanes. Con interminables agujeros de sombra y me despertaba, de pronto, con un fuego quemándome las tripas, la entrepierna. Caras sin ojos que reían. Azules en las olas de un mar que de tan oscuro apenas se advertía. Veía su sangre cayendo por su boca que reía. Como un néctar, que en lugar de matarla le daba vida. Fueron los días y las noches más terribles. No comí ni dormía. Sólo era mi cerebro despierto soñando pesadillas. Aguijones en el alma y un hachazo en mi cabeza que la partía en dos mitades. Risas en el llanto. Dolor en la sonrisa.
Él le aseguró que lo haría. La noche del treinta de agosto al salir del ensayo  le dijo que al fin lo haría. Sólo le pidió que escribiera una carta de su puño y letra explicando los motivos y liberándolo de toda culpa. Acordaron que la noche del cuatro de septiembre estaría bien. Faltaban cinco días. A partir de esa noche Atilio se convirtió en un chico oscuro. Parecía estar metido dentro suyo. Todos notaron como se volvió esquivo y turbio. Su rostro adquirió una expresión atormentada. Estaba ausente, perdido en un mundo inaccesible del cual no tenía escapatoria. Olvidaba las líneas de su personaje y reaccionaba con una furia inédita ante situaciones cotidianas. Carla, por el contrario, pasó una semana fantástica. Se la veía contenta y amable aún con quienes odiaba y un brillo nuevo se adueñó de su expresión.
La noche señalada llegué un poco retrasado y no tuve que esperarla. Ella estaba en el auto de Roberto y cuando estacioné detrás los vi e hice señas con las luces, ella se bajó y entró al mío. Conversamos un momento. Quería convencerla, esperaba que un súbito sentimiento de ilusión la hiciera arrepentirse. Que un impuso de miedo la capture de repente y la ayude a retractarse y me libere así de aquella pesadilla que, a esa altura, me cerraba la garganta. Me oprimía el pecho con una presión de manantiales. Manejé despacio por la ruta que bordea el lago, como si estuviera disfrutando del paisaje, del rumor del agua traído por el viento. Pensé que aquella noche espléndida no merecía ser el marco de una muerte tan absurda. Que la brisa era suave y fresca. Ella hablaba de cualquier cosa y se reía sin motivo. No estaba nerviosa, pero había algo lejano en sus palabras. Algo de final en su mirada. Después de conducir un buen rato  llegamos a la orilla opuesta del lago. Ella colocó la mano sobre mi pierna y con leve apretón me indicó que me detuviera. Antes de bajarnos nos quedamos en silencio mirando la oscuridad que nos rodeaba. Callados mirando hacia fuera donde no había más que oscuridad y un silencio atroz que el canto de los grillos aumentaba hasta hacerlo insoportable. Su respiración era suave y dulce. Yo no sé si respiraba. Luego bajamos del auto y caminamos hasta un gran roble que si no fuera de noche proyectaría su sombra sobre el lago. Nos tendimos en el pasto y conversamos un buen rato mirando las estrellas. Ella hablaba de su muerte como si se tratara de una muerte ajena, como si no fuera que dentro de un minuto o de una hora ya no sería más la que era para convertirse en otra cosa. En algo pecaminoso y frío. Yo la escuchaba sin oírla. Tenía mi propia oscuridad cubriéndome el entendimiento. Ya no intenté hacerle cambiar de idea. Sólo esperaba que el tiempo se detuviera en ese instante. Quería meterme en su cerebro; pero no podía. No había nada. Donde debía crecerle el pensamiento, un haz fatal. Donde se gesta la esperanza un laberinto de tristeza. Al final ya no la escuchaba, pensaba qué estaría pasando por su mente mientras decía esas palabras huecas que venían desde un lugar lejano, ausente. En un momento ella se levantó y fue hasta el auto a buscar su abrigo. Cuando volvió su rostro ya no era más el suyo. A la luz de la luna, podía verse la desolación y la alegría a través de sus ojos sin motivo. Dijo que estaba lista. Le pedí que se diera vuelta y se pusiera de rodillas, que no me mirara, que pensara en cualquier cosa. Ella obedeció mansamente, tomó el caño de la escopeta, lo apoyó sobre su sien derecha y dijo ahora.
Cuando la patrulla llegó al lugar,  los tres se bajaron del auto y Atilio terminó su relato: el disparo, la sangre, la sonrisa. Murió enseguida. Hubo un instante de silencio. Luego caminaron hasta el roble. La sombra de sus ramas entraba en el agua y bailaba con las olas. Él comenzó a quitarse la ropa. Era una mañana fresca. Entró al agua. Se metió en el lago hasta que el agua le tapó los hombros. Parecía buscar algo con las manos, su tanteo producía un oleaje leve. Por fin comenzó a retroceder con dificultad. Sus manos cerradas apretaban los tobillos. Arrastró el cuerpo por la tierra húmeda de la orilla y lo dejó ahí, como si no fuera nada. Las sogas con los bloques de cemento se perdían en el agua. El camisón rosado estaba sucio por el barro.







LA ROSA


No sé cuánto hace que estoy acá. El tiempo se me confunde. Todos los días son iguales. Más después del almuerzo, porque se conoce que nos ponen algo en la comida o en el agua. Si seguro es en el agua. Entonces todo empieza a andar más despacio. Los cuerpos se mueven como adentro de una gelatina y las voces no salen de las bocas sino de más adentro, como desde  un agujero en el pecho o la garganta. El cuerpo se siente más pesado. Las piernas parecen troncos clavados en macetas con la tierra bien mojada, y las ideas se te mezclan en la cabeza y todo se ve como en un sueño. El tiempo pasa lento. Hay como un peso en las rodillas, una modorra que se te mete en todo el cuerpo que ya no parece ser tu cuerpo y te dobla la espalda como si llevaras una carga muy pesada.
 Odio este lugar. Odio levantarme cada día y ver la ropa colgada en las ventanas, las ventanas con barrotes. Los manteles de hule percudidos sobre las mesas desparejas. Los techos despintados. El ruido de las puertas. Los pasillos de las piezas. Y todo con ese olor a pis de gato que el viento trae desde el jardín. El jardín tan descuidado. Los árboles de fruta y esos brazos colgando de las ramas.
No sé porque estoy acá. Nadie me lo dice. Ni siquiera mi sobrina que viene a visitarme cada tanto y me trae tortas fritas y bizcochos. Viene sola, sin sus hijos, porque dice que no es un buen lugar para los chicos y tiene razón. Acá es como un depósito y nosotras cajas viejas protegidas de la lluvia, amontonadas sin cuidado. Almas en pena salidas de cuerpos enterrados antes de morirse. No me gusta este lugar porque acá vive el olvido. Hasta, a veces, nosotras mismas nos olvidamos de nosotras, como esas que están ahí sentadas y no hacen más que mirar la nada a través de las ventanas, o tal vez estén mirando su último momento antes de entrar en la locura. Y si estás bien, te ponen cosas en el agua. Entonces ya no sos vos. Sos otra, que es la misma; pero distinta. Te ves desde un lugar que está afuera de tu cuerpo; pero no te reconocés del todo. Es raro.
 A la mañana es distinto. Cuando te levantás de la cama  podés ver la claridad entrando por los vidrios. La soledad que te rodea como un vacío que se llena de estropajos. Pero tu cuerpo es tuyo. Podés sentir en los pies el peso de tu cuerpo y la soledad entrando por los ojos. Entonces, a veces, me viene a la mente el nombre Raúl y algunas imágenes que no puedo comprender. Hay un patio grande con macetas. Algunos árboles de frutas en el fondo. Malvones nuevos y un hombre haciendo pozos con la pala. Un ruido hueco y la tierra que se llena de sangre. Los gritos de mi madre. Hago fuerza por acordarme; pero no puedo. Son imágenes sueltas que no son nada. Después escucho las sirenas. Golpes y empujones. La fuerza de la lluvia cuando me sacaban del auto y después mi ropa empapada apilada en un costado. Yo desnuda. Y la humedad del piso que se me metía hasta los huesos. Pero a la tarde, después del almuerzo, las pastillas en el agua y todo entra en un agujero que destiñe los colores y las formas y tu cuerpo que te pesa como si estuviera atrapado en telarañas. Los recuerdos pierden su orden y hasta puede ser que todavía no hayan sucedido. Que todo no sea más que una premonición de hechos que todavía no pasaron.
Acá, eso a nadie le interesa. Parece que es mejor olvidarse, no recordar, no saber nada. Por eso nos ponen pastillas en el agua. Para que no nos acordemos. Por eso casi nadie nos dirige la palabra. Las chicas no son malas, están acostumbradas así. Somos su trabajo. Yo a veces le pregunto a la Marcela, que es la más buenita; pero me sale con el tiempo y que aumentó el colectivo. Así que hablamos de otra cosa. Debe ser mejor así; pero a mí me gustaría saber por qué a veces veo brazos colgados de las ramas, por qué, a veces mis brazos se mueven como aspas y bajan con esa fuerza sin sentido y después ese ruido de huesos estallando que me sobresalta mientras duermo y toda esa sangre sobre la musculosa blanca. Y ese  calor insoportable. Y los gritos de mi madre.
Hace ya un tiempo dejé de tomar agua en las comidas, así me mantengo un poco más despierta hasta que llega el mate cocido de la tarde y ahí no tengo escapatoria. Después de la cena, las pastillas de la noche. Duermo como un tronco hasta que otra vez ese ruido de huesos y los gritos de mi madre. Entonces me quedo despierta en medio de una oscuridad que asusta. A veces se escuchan gritos que vienen desde lejos o las corridas de las ratas.
Las mañanas son más lindas. Después del desayuno podemos elegir algún taller. A mi me gusta el de cuentos, que creo que es los lunes. Aunque no estoy segura. Primero nos leen algo y después nos dejan escribir un poco. No me importa lo que nos leen porque casi nunca entiendo nada. También dejan libros encima de las mesas. Hay algunas que leen. Ahí aprovecho para escribir esto en un cuaderno. Trato de juntar las visiones que me aparecen y ordenarlas. Darle algún sentido a esa fiesta en el patio de una casa. Hay alegría. Se escucha una milonga, pero nadie baila. Una pala de hacer pozos apoyada contra el árbol y el barro con la sangre. Un vaso de agua con cubitos. Brazos que cuelgan de las ramas.
El taller se pasa rápido. Enseguida empiezan a preparar las mesas para el almuerzo y hay que ir guardando todo. La comida no está mal; pero mucho arroz con todo. Mucha papa. Compota de ciruelas y el agua con pastillas aplastadas. Pero yo no tomo así me mantengo más despierta. Puedo ver una pieza. Cortinas con flores amarillas. Una cama de dos plazas y en las mesitas de luz dos veladores de porcelana. En la fiesta no hay mucha gente. No sé que se festeja. Una milonga y brazos colgados de las ramas. Malvones. Caras que dan vueltas.
Yo acá soy de las que mejor está. Puedo valerme por mi misma. Puedo salir al jardín y tomar sol en los asientos de madera o caminar por el bosquecito de eucaliptos donde queman la basura. También juego a escondidas con los gatos, porque está prohibido; porque dicen que están todos infectados. En cambio hay otras que se no mueven de las sillas donde las ponen a la mañana. Se quedan mirando un punto fijo en la pared o en la ventana y si les preguntás qué miran ni te contestan o se asustan. En la fiesta había una mujer muy vieja sentada en un sillón de mimbre en la punta de la mesa y una muchacha con un vestido blanco sentada al lado de ella. La vieja movía la cabeza al ritmo de la música, que era una milonga, con una sonrisa tierna. Estaba contenta. Se quedan mirando la nada y les tienen que dar la comida en la boca, gente grande. Otras son malas. Se pelean y se agarran de los pelos. Las tienen que separar entre varios y se las llevan. Se escuchan golpes. Entonces ponen música fuerte. Algunas se ponen a bailar con las cortinas o corren por los pasillos y golpean las paredes con los puños. Entonces sacan la música y aparecen los guardias y todas se quedan quietas. Yo no. Yo me porto bien. No le doy bola a nadie y listo. Miro la televisión y converso con Rebeca de lo que dicen los programas. Ella también se dio cuenta de las pastillas en el agua y tampoco toma nada en el almuerzo. Me parece que se avivaron porque cada vez le ponen más sal a la comida. Y si me siento mal, me las aguanto. Conviene no tener que ir a la enfermería. Es un lugar chiquito donde apenas entran dos camillas. Lo primero que hacen es sacarte toda la ropa y te pasan un trapo con no sé que cosa por las infecciones. Después te revisan toda aunque tengas una tos y te mandan de vuelta con dos frascos de pastillas. Las pastillas las guardan en un armario blanco al lado de la puerta. A veces te dejan internada ahí. En invierno hace mucho frío y en las noches de verano las cucarachas caminan por arriba de las sábanas. No se pude dormir. Entonces aparece otra vez la pala contra el árbol, el hombre de cara al sol con la frente transpirada, un vaso de agua helada, mis brazos que bajan con fuerza en el silencio y después  ese ruido insoportable de huesos que se rompen de pelos con la sangre saliendo a borbotones.
La otra vez me acordé que se festejaba un casamiento. Los novios eran jóvenes. La novia era la que estaba sentada al lado de la vieja en la punta de la mesa. Había poca gente y era en el patio de una casa. Atrás se veían unos árboles de frutas y la cara vieja del novio tirada en la tierra, entre la sangre. La gente que se iba y saludaba agradecida. La puerta de la pieza cerrada de un golpe y la cama a oscuras. En la cama los dos recién casados desnudos y curiosos. Un dolor. Un dolor de gusto. Pero tenemos que guardar porque vienen las chicas con los manteles y los platos. Entonces se me van los pensamientos y la próxima vez tengo que empezar desde donde dejé, que era en la primera noche de los novios. Menos mal que lo tengo anotado. En la mañana con mates y jazmines y, de pronto, como un rayo el ruido seco de algo que se choca, la sangre y los brazos en los árboles del fondo.
Ayer domingo vino mi sobrina que siempre me trae tortas fritas y bizcochos. Ella es mi único contacto con la vida de afuera. Me dijo que un tal Alfonsín le había ganado las elecciones a los peronistas. Yo no lo podía creer. Eso no había pasado nunca. Me dijo, también, que los chicos estaban grandes y que el mes que viene se iban a vivir a Mar del Plata y que le iba a ser difícil visitarme tan seguido. Yo le conté de mis visiones y me dijo que no pensara en eso, que me quedara tranquila y que no se podía cambiar lo que pasó. Pero ¿Qué pasó? Me dijo que la casa debía ser la de Colegiales. Y que la mujer vieja de la punta de la mesa debía ser la abuela Antonia. Después de eso se fue enseguida. Se acordó que tenía que ir a un lado y me dijo que antes de irse a Mar del Plata iba a venir a despedirse. Pero ¿Qué pasó? ¿Qué tienen que ver los novios en la cama? ¿Los brazos colgando de las ramas?
Ahora en el taller me acordé de la casa de Colegiales. Ahí vivían los recién casados. En el patio había una mesa grande y unos sillones de hierro. En el fondo unos árboles de frutas. Me vino de pronto una sensación de angustia. Algunas mujeres daban vuelta alrededor del novio. Parece que bailaban. Todas lo miraban y se le tiraban encima. La chica del vestido blanco ahora tenía puesto un batón azul con manchas de harina. Estaba gorda y tenía arrugas en la cara. No era feliz. Las otras chicas eran jóvenes y bailaban. Daban vueltas y el novio las miraba y se reía. Recién se me acercó Anita, que es una de las pibas que da el taller de cuentos. Me preguntó que estaba escribiendo y le di el cuaderno. Lo leyó con mucha atención y me dijo que estaba bueno, que siguiera; pero que tuviera cuidado porque a veces la verdad podía ser muy dolorosa.
Esta semana volví a tomar agua en el almuerzo. Es verdad que disuelven pastillas en las jarras. Al final así es mejor. Después de comer es como si la cabeza se te metiera adentro de un pozo. Todo se ve como de lejos. Todo se mueve más despacio. Es como si flotaras y las cosas no interesan. El matrimonio no era feliz para la chica. Él no quería tener hijos y la engañaba con cualquiera. Quiero ir al jardín que veo a través de la ventana pero tengo miedo de los árboles de frutas, de ver la sangre que chorrea, los brazos colgando de las ramas. Se estaba volviendo vieja. Él hacía pozos en el fondo. Transpiraba. Antes mate cocido con vainillas. Yo le llevé un vaso de agua fresca. Él apoyó la pala contra el tronco y se secó la frente con el brazo. Después un silencio y la pala entre mis manos, ese ruido insoportable de la cabeza atropellada por la pala y la sangre chorreando por la cara, por la musculosa blanca. El barro con la sangre. Después los brazos colgando de las ramas.
 Ahora traen el mate cocido. Debe ser la tarde o la mañana. No sé porque revoleo la cuchara. Por qué doy golpes en el aire. La cuchara subiendo y bajando como la pala contra el cráneo. El cuerpo el cuerpo de Raúl en el piso entre la sangre. Primero un brazo y después el otro colgados de las ramas. Las sirenas, la lluvia, la humedad del piso, esta ausencia al mirar por la ventana.
                                           

                                           ROSALÍA FUENTES, LA ROSA




Gota sobre el agua

Repentinamente volvió de un sueño en el que caminaba por un bosque frío en busca de algo que no podía precisar; pero que a la vez resultaba cotidiano.   Algo imperioso, insustituible. Algo lejano. Lo confundió el regreso brusco. Ese gusto a noche opacándole la boca. La inexactitud de ese momento ambiguo que aparece al despertarse. Pensó que el frío no era del bosque, sino de aquella mañana que se le metía en los ojos y lo obligaba a apretar aún más sus párpados cerrados. Intentó adivinar la hora por la luz que entraba por la ventana. Se dio vuelta y hundió la cara en las almohadas para mantenerse a salvo, un rato más, de la búsqueda agobiante que lo perseguía hasta en el sueño, de la soledad de aquel invierno que parecía durar para siempre, total son las vacaciones. Quiso volver al sueño y al bosque pero no para seguir buscando aquello que ese despertar abrupto le quitó de la memoria; sino simplemente para caminar. Para quedarse en el remanso de la cama y el follaje y evitar así el vértigo de la búsqueda constante. Para que la brisa le inunde los pulmones de magnolias y pelusas. Para alejarse de la insatisfacción que lo obliga a deambular siempre incompleto. Siempre en pedazos. Siempre fragmentos entre el ruido.
Entonces se abandonó por un instante. Sintió placentero el peso de las frazadas sobre su cuerpo de costado y notó como sus piernas desaparecían lentamente. Como lentamente se alejaban de él los brazos, la espalda desnuda frente al frío, hasta ser sólo una cabeza. Un punto sólido apoyado en la almohada, su cabeza era lo único de él que todavía era suyo y no del sueño como el resto de su cuerpo que ya no le pertenecía. Su parte inclaudicable. La síntesis de su tormento. Su propio símbolo, el resumen de sí mismo  bajo el haz de luz que avanzaba a través del vidrio y dividía la habitación en dos penumbras. Y después de un rato ni siquiera eso. La claridad del bosque que ya no era un bosque sino una ciudad con grandes edificios. Ruidos de motores. Voces estridentes y algo que huye y se revela serpenteando en las veredas. Miles de ojos sin mirada acompañaban su andar lento por unas calles sin misterio. Tuvo un instante de calma y hasta llegó a disfrutar del rumor de las bocinas. Del sol tibio del invierno bañando los frentes de las casas y de la patética visión de los cables de alumbrado atravesando las copas de los árboles. Lo reconfortó el olor de siempre de esa ciudad desconocida; pero a poco comenzó a sentir la prisa. La angustia inconfundible de la búsqueda empezaba, otra vez, a crecerse dentro suyo. A nacerle desde un hueco en el estómago y aflojarle las rodillas. Esa inquietud desesperada que convertía su cerebro en una lava incandescente, que, a la vez; lo impulsaba y detenía. Que llenaba de esperanzas sus zozobras, que teñía de pesar sus alegrías. Como unas garras de tigre tras las rejas. Como puertas cerradas que implican amenazas.
Tuvo la certeza de estar buscando algo que desconocía por completo; pero que resultaba ineludible, como le pasaba aún despierto. No lo sorprendió que la búsqueda se le metiera en el sueño. Que ese rayo de tensión que lo quemaba le llegara a la mañana de la cama desde esa otra mañana, confundida en el tiempo, atrapada en la distancia, donde un hombre igual al que se sacude entre las sábanas no hace más que caminar huyendo en esa cuidad de incertidumbres, para buscar despierto ahora en el sueño algo que perdió o que jamás tuvo.
Su voluntad era la de las calles que lo iban llevando por un rumbo ajeno a su albedrío. Una gota sobre el agua. Un claroscuro disperso en la tiniebla en que la mañana del sueño se moría.
 Todo transcurría lentamente aunque sabía que luchaba contra el tiempo. Algo como un vértigo alojándose en su ombligo. Rápido. De prisa. Encontrarlo ahora y volver al cuerpo que dormía. Desaparecer de esa ciudad que comenzaba a acelerar sus latidos con la falsa certeza de los sueños, amparado en la calma del hallazgo. Un tesoro incalculable e indefinido. Una llama diminuta protegida de los vientos con las manos. Pero sin embargo era el degradé de la cuidad a esa hora indefinida de la tarde que cambia de colores las esquinas. En el cielo, nubes grises. Una sombra en fuga en el desierto.
Y con la noche la angustia del misterio. Entonces caminar. Caminar a prisa. Correr sin pausa ahora que se escuchan a lo lejos las bocinas de los trenes. Malgastar la libertad empeñada al ingresar al sueño para vivir una vida igual a la que tenía cuando estaba despierto. Con la búsqueda infinita que le deja el alma en vilo, que le pone el corazón en carne viva. La búsqueda constante de un cuerpo en una mente que quisiera dormir dentro del sueño, como ese otro cuerpo que duerme de costado y se retuerce en una mañana inexistente. Instalado en un tiempo contrario y paralelo en el que su fugaz quietud traspasó la angustia al sueño. Lo inundó de sobresaltos y lo colmó de sucesivas agonías. Porque el que se agita en la mañana de la pieza y de la cama es el mismo que en el sueño se desvela y no descansa. Que camina a tientas por una ciudad desconocida que le oculta los contornos. Un lugar sin tiempo en el que la única certeza es la duda, el único presagio, la tormenta.
Correr, correr ahora que todavía no estallaron esas nubes grises contra el cielo de granito y las primeras gotas comienzan a caer furiosamente y son un sudor que le pega la almohada contra la cara y lo sofoca. Los latidos se aceleran. Lo invade un calor lejano y se destapa en la mañana, mientras corre bajo la lluvia de la noche. Se lleva una mano al pecho que ya tiene sobre su brazo adormecido. Corre con fuerza; pero sus piernas se le enredan en las sábanas mojadas. Lo persiguen. Debe huir. Debe refugiarse en el cuerpo que se debate en la mañana. El buscador es ahora buscado, perseguido. Puede oír sirenas a lo lejos. Adivina linternas y sabuesos. Uniformes. Corre con furia; pero no consigue movimiento. En la esquina de su casa los bomberos. Accidente. Gritos rebotando en las paredes. Buscar una salida, un atajo entre la noche del sueño y la habitación iluminada; pero de inmediato la calle se termina. Un alambrado viejo y un tren detenido en la vía muerta. Un rectángulo transparente. Acechan los truenos. Rayos dibujados en el cielo. Sus ojos que se abren a intervalos, luchan contra los cuchillos de luz que los perforan. Con cada relámpago le aparece un pedazo de ventana. Debe trepar, subirse como sea a la última posibilidad de la mañana, a las frazadas por el piso, a su cuerpo que vuelve a ser su cuerpo nuevamente. Luces de relámpagos en los ojos que se abren hasta que comprende por completo la ventana  y también la pared de la escalera. Ha dejado de llover; pero su cara está mojada. Un suspiro de alivio y las imágenes sueltas desprendidas del la noche y de la lluvia lo depositan en la rotunda claridad de la mañana. Recibe en los pies descalzos el frío brutal de los mosaicos. Se abriga de pantalones y bufandas. Hay todavía un dejo de noche en su garganta. Un sabor de abrelatas. Un resto horizontal de colchón en su mirada. Intenta recordar con más detalle, acercarse al sueño que se desvaneció con los primeros nubarrones; pero la imagen es difusa. Le queda sólo la prisa alojada en su sangre a borbotones y ese agujero tenaz en las entrañas. La certeza fatal de que la vida se acaba y no le alcanza. Tiene que refugiarse en la silueta inexpresiva de este lunes sin trabajo. Meterse en su rutina de alcauciles y macetas. En su incierto pedazo de mundo metido en un universo desprolijo. Como un engranaje roto de una máquina imperfecta. Como una gota de agua sobre el agua.